Irán, Israel y EE.UU.: Un conflicto sin tregua
Estados Unidos, Israel e Irán mantienen una confrontación abierta que, tras semanas de ataques y una tregua inestable, ha reactivado la tensión en Medio Oriente, especialmente en el estratégico estrecho de Ormuz, donde incidentes recientes amenazan con escalar el conflicto y presionan el mercado energético global.
Por: Andrés Orozco

Foto por: Gemini
A más de seis semanas de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán, el conflicto en Medio Oriente atraviesa una fase crítica, marcada por una tregua inestable, operaciones militares persistentes y un impacto económico global. Aunque las partes han intentado contener la escalada, los movimientos estratégicos recientes mantienen latente el riesgo de una confrontación mayor.
En ese contexto, Irán anunció la reapertura del estrecho de Ormuz durante el alto al fuego, pero la medida duró pocas horas: el tránsito fue nuevamente interrumpido tras acusaciones de nuevas agresiones, evidenciando la fragilidad del acuerdo.
La tensión se ha intensificado con incidentes en la zona, incluido el ataque a buques con bandera india. Teherán ha reforzado el control del estrecho, advirtiendo posibles ofensivas y acusando de “piratería” a Estados Unidos tras la interceptación de una embarcación iraní, manteniendo así la presión militar en uno de los puntos más sensibles del comercio energético mundial.
Este intercambio de acciones ha puesto en duda la viabilidad de las negociaciones en curso y ha elevado el riesgo de una escalada mayor en uno de los puntos más sensibles del planeta, por donde transita cerca de un 20% del petróleo mundial.
En paralelo, la dimensión humana del conflicto sigue presente, incluso a miles de kilómetros. Desde Chile, la activista palestina Aya al Hamidi describe como la guerra se mantiene presente incluso a miles de kilómetros de distancia. “Aunque esté a miles de kilómetros, la guerra no está lejos, está muy cerca, más cerca de lo que pensamos”, afirma.
Al mismo tiempo, cuestiona la noción de una tregua efectiva en la región. “Alto al fuego nunca hubo. Todo el tiempo está ahí, en el celular, en las noticias, en los mensajes”, señala, evidenciando la persistencia del conflicto más allá de los anuncios oficiales.
Para Aya, uno de los principales riesgos del escenario actual es el desplazamiento del foco internacional. “Palestina queda otra vez en segundo plano (…) muchas veces ha quedado en segundo plano con lo de Irán y otros conflictos”, advierte, apuntando a una competencia mediática que diluye la atención sobre la crisis humanitaria.
Más allá de esa mirada, el conflicto se inserta en un escenario global más amplio. Según el académico de la UTEM Máximo Quintral, estas tensiones responden a una reconfiguración del orden internacional: “hace bastante rato que se está reconfigurando el mundo en un mundo multipolar”, donde conflictos como el actual impulsan nuevas alianzas.
Bajo esa lógica, advierte que potencias como China y Rusia podrían fortalecer su cercanía frente a Estados Unidos, especialmente si mantienen vínculos con Irán, consolidando bloques de poder en disputa.
Al mismo tiempo, el impacto del conflicto también expone las limitaciones regionales. Para Quintral, América Latina carece hoy de una postura común frente a crisis internacionales: “no se puede sostener una postura latinoamericana (…) dada la fragmentación en que está la región y el debilitamiento de los organismos multilaterales”.
De este modo, uno de los efectos más inmediatos se observa en el mercado energético. La inestabilidad en torno a rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz ha incrementado la volatilidad del precio del petróleo, reflejando la sensibilidad del sistema internacional frente a conflictos en zonas clave.
En el caso chileno, este fenómeno se vuelve particularmente relevante. Según datos de comercio internacional recopilados por Observatory of Economic Complexity, en 2025 el país destinó más de US$14 mil millones a la importación de combustibles, con un peso significativo de mercados como Estados Unidos y países de la región como Colombia. Este patrón se complementa con compras a otros proveedores regionales como Brasil, Ecuador y Argentina, lo que evidencia que el abastecimiento chileno no depende directamente de Medio Oriente.
En consecuencia, el impacto del conflicto no se explica por el origen del suministro, sino por la dinámica del mercado global. Cualquier alteración en zonas estratégicas como Ormuz puede traducirse en alzas en los combustibles y en el costo de vida.
En ese sentido, Quintral advierte que la exposición de la economía chilena es significativa: “uno no puede decir que el país es ajeno a este conflicto quedamos muy expuestos”, lo que podría traducirse en efectos directos sobre el presupuesto familiar y dificultades económicas a nivel país.
Finalmente, el desarrollo reciente muestra que la dinámica de presión y respuesta entre los actores mantiene abierto el riesgo de una escalada mayor. Mientras las negociaciones continúan sin resultados claros, la estabilidad del conflicto depende de decisiones que podrían redefinir el equilibrio en la región.