Dopamine Land: la revolución del entretenimiento inmersivo llegó a Chile

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Dopamine Land: la revolución del entretenimiento inmersivo llegó a Chile

Las experiencias multisensoriales e inmersivas conquistan Santiago. Detrás del éxito de muestras como Dopamine Land, hay una explicación neurológica: el cerebro humano está diseñado para buscar emociones intensas, y la industria del entretenimiento lo sabe.

Por: Rafaella Ronconi | martes 16 de junio de 2026

Fotografía por: enpalco.cl

Dopamine Land, la experiencia inmersiva que llegó a Santiago y se convirtió rápidamente en uno de los planes más viralizados en redes sociales. Las entradas se agotan con rapidez, las listas de espera crecen, y los contenidos generados por los clientes inundan Instagram y TikTok. En Santiago, las entradas a Dopamine Land parten desde $10.000 para niños y $14.000 para adultos, mientras que los principales museos públicos de la ciudad son gratuitos. El santiaguino elige pagar por lo que podría ser gratis, siempre que la experiencia sea suficientemente intensa. Pero más allá del espectáculo visual, la pregunta es otra: ¿por qué este formato nos engancha tanto?

Antes de entrar en la explicación neurológica, conviene precisar de qué tipo de experiencia se trata. Dopamine Land no es un montaje de realidad virtual ni de realidad aumentada: es, ante todo, un museo interactivo presencial, instalado en el piso -1 de Cenco Costanera, que se recorre en nueve salas temáticas durante aproximadamente una hora. Ahí, el visitante no observa pantallas, sino que camina, salta y toca instalaciones físicas: una guerra de almohadas con luces y música, una piscina de pelotas, una «cueva táctil» de paredes texturizadas, un bosque artificial de árboles LED con paisajes sonoros envolventes y una pista de baile que enciende luces al ritmo de la música. El único componente digital es un módulo aparte y opcional, con costo adicional al ticket de entrada, en el que los visitantes usan visores de realidad virtual para «viajar» a más de diez escenarios, como el fondo del océano o una montaña rusa. En otras palabras, la experiencia central no depende de programación de simulación digital, sino de estímulos físicos y sensoriales: luz, color, sonido, textura y movimiento corporal.

Y es justamente esa combinación de estímulos la que la neurociencia puede explicar. La espuesta está en el cerebro. Según Miguel Ángel Ruiz Silva, fundador de la agencia Neuro Mars en Santiago y experto en neurociencia aplicada a las experiencias, este tipo de propuestas responden a algo mucho más profundo que una moda: “nuestro cerebro es, en el fondo, adicto a las experiencias. Está diseñado para buscar constantemente nuevas fuentes de dopamina, y entre más estímulos nuevos recibe, más ‘premio’ siente”.

Las experiencias inmersivas no son solo entretenimiento: son, en términos neuronales, una máquina de generar dopamina. Este neurotransmisor, asociado al placer y la motivación, se activa con mayor intensidad cuando los estímulos son novedosos y múltiples. Ruiz Silva explica que la clave está en la multisensorialidad: “someternos a experiencias que activan todos o casi todos nuestros canales sensoriales al mismo tiempo nos da una saturación altísima en muy poco tiempo. Es la forma más ‘eficiente’ que tiene el cerebro de conseguir esa descarga de emociones”.

Este fenómeno explica también por qué consumimos ficción. Leer novelas, ver series o ir al cine son formas de vivir emociones intensas sin riesgo real. Las experiencias inmersivas operan bajo la misma lógica, pero amplifican el efecto al involucrar el cuerpo. “Nos dan la emoción fuerte, comprimida, sin el riesgo ni el desgaste de vivirla ‘de verdad’”, agrega el especialista. La diferencia con el entretenimiento pasivo es que aquí el espectador se convierte en protagonista: toca, camina, interactúa, se mueve dentro del espacio. Eso eleva la descarga emocional a otro nivel.

El mercado global de las experiencias inmersivas ha crecido de forma explosiva en los últimos años. Propuestas como Van Gogh Alive, TeamLab o la propia Dopamine Land que nació en Londres y hoy recorre ciudades de todo el mundo, han demostrado que el público está dispuesto a pagar por vivir algo, no solo por observarlo. En Santiago, la demanda ha superado las expectativas de los organizadores.

El mercado global de entretenimiento inmersivo fue valorado en 133 mil millones de dólares en 2024 y se proyecta que casi se cuadruplicará para 2030. Un dato lo explica: el 70% de los jóvenes de la Generación Z prefiere sacrificar compras para destinar ese dinero a experiencias.

El éxito de estas propuestas tiene una dimensión generacional. En los cerebros jóvenes, la búsqueda de novedad es especialmente intensa. “La búsqueda de novedad es prácticamente una necesidad biológica en esa etapa, no es solo una moda generacional”, señala Ruiz Silva. Los millennials y la Generación Z han crecido sobreestimulados por pantallas, videojuegos y contenidos audiovisuales de alta velocidad. Para ellos, pararse frente a un cuadro en silencio durante varios minutos puede resultar poco satisfactorio. El museo interactivo, la instalación que se puede tocar, el espacio diseñado para ser fotografiado y compartido, todo eso habla su lenguaje.

Ruiz Silva es categórico al respecto: “las redes sociales son, de partida, uno de los generadores de dopamina más potentes a escala que tenemos hoy”. Subir una historia desde adentro de Dopamine Land, recibir reacciones, ver que otros también quieren ir: todo ese circuito refuerza la experiencia y la expande. El FOMO, el miedo a quedarse afuera de lo que otros viven, se convierte en un poderoso motor de asistencia. “Vemos lo que otros viven y yo no, y eso nos empuja a buscar replicar esas experiencias”, explica el especialista.

Ante la pregunta de si este tipo de entretenimiento es una tendencia efímera, Ruiz Silva no deja espacio para la duda: “el querer vivir experiencias no es una tendencia del momento, es como funciona nuestro cerebro desde hace 10 mil años, y probablemente seguirá funcionando así los próximos 10 mil más, si es que duramos como especie”.

Lo que sí puede cambiar es el formato. La industria ya experimenta con realidad virtual, inteligencia artificial e integración de datos biológicos para personalizar las experiencias según el estado emocional del usuario. Lo que no cambiará es la necesidad que satisfacen: la de sentir algo intenso, compartirlo y ser el protagonista de la historia. En eso, Dopamine Land no inventa nada nuevo. Solo descubrió que podía cobrar la entrada.

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