GEOPOLÍTICA EN AMÉRICA LATINA
“POR LA RAZÓN O POR LA FUERZA” VS. “A NOSOTROS NO NOS AMENACEN”: El minuto a medio camino entre la trinchera judicial y el giro radical en Colombia
Viernes 10 de julio,2026 | Por: Andrés Orozco

Cortesía Imagen: BBC
En medio de una crisis institucional sin precedentes y en simultáneo con su llegada a la presidencia del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Colombia definió en las urnas un giro político que reconfigura de raíz el equilibrio geopolítico de la región. Tras la reciente suspensión del presidente saliente por parte de la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes, el país enfrentó los comicios presidenciales más tensos de su historia reciente, cuyos resultados preliminares abrieron un complejo escenario de impugnaciones, fuerte escrutinio internacional y una honda fractura social.
En medio de una crisis institucional sin precedentes y en simultáneo con su llegada a la presidencia del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Colombia definió en las urnas un giro político que reconfigura de raíz el equilibrio geopolítico de la región. Tras la reciente suspensión del presidente saliente por parte de la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes, el país enfrentó los comicios presidenciales más tensos de su historia reciente, cuyos resultados preliminares abrieron un complejo escenario de impugnaciones, fuerte escrutinio internacional y una honda fractura social.
El actual proceso electoral se desarrolló bajo un clima de máxima fricción política. El escenario de parálisis gubernamental provocado por la destitución temporal del Ejecutivo chocó de frente con la agenda diplomática global del país, exponiendo sus fracturas internas ante la comunidad internacional en el foro más importante de las Naciones Unidas. En las urnas, la contienda se transformó en un referéndum definitivo sobre el modelo de gobernabilidad en América Latina, una región actualmente fragmentada por el choque ideológico entre las nuevas derechas —lideradas por Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador— y el bloque progresista que encabezan Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Claudia Sheinbaum en México.
En este complejo tablero, los votantes colombianos tuvieron que elegir entre dos opciones asediadas por profundos cuestionamientos y visiones de Estado irreconciliables. Por un lado, el progresismo estuvo representado por Iván Cepeda, un político de toda la vida, hijo del asesinado legislador Manuel Cepeda y reconocido históricamente por su férrea defensa de los derechos humanos. Sin embargo, su candidatura llegó al día de la elección golpeada por duras críticas debido a su pasividad y su constante inasistencia a los debates presidenciales; una propuesta que arrastró directamente el desgaste del legado del gobierno de Gustavo Petro, marcado por una aguda crisis de seguridad y un descontento social acumulado.
Por otro lado, la derecha tradicional buscó retornar al poder de la mano de Abelardo de la Espriella. No obstante, su plataforma lidió con el pesado lastre histórico de los casos de corrupción y los llamados «falsos positivos». El panorama para este sector se complejizó aún más en el plano internacional debido a una investigación activa en el Congreso de Estados Unidos, impulsada por una bancada de senadores demócratas, lo que añadió una profunda incertidumbre sobre sus futuras relaciones estratégicas. De la Espriella, un abogado especializado con múltiples títulos y reconocimientos, popularmente apodado «el abogado del diablo», se caracterizó durante la contienda por un lenguaje sumamente fuerte contra sus opositores y se apoyó en un exministro del gobierno de Iván Duque como su fórmula vicepresidencial.
El diagnóstico estructural y la maquinaria de polarización previa a las urnas
Días antes de que se abrieran las urnas y se conocieran los datos del preconteo, las advertencias sobre la fragilidad institucional del país ya estaban planteadas desde la academia. Para María Elena Bello Merino, cientista política de la Universidad Autónoma de Chile y asesora legislativa, el verdadero problema de la nación andina trascendía las candidaturas de la jornada y se instalaba en la erosión misma del aparato estatal. «El principal desafío estructural, diría yo, y ojo, no solo en Colombia, sino que también en la región latinoamericana en su totalidad, incluyendo Chile, tiene que ser sí o sí que el Estado no solo exista formalmente, sino que también genere la capacidad de coordinar, gestionar conflictos y produzca la estabilidad necesaria, independiente del gobierno de turno que lo habite».
La experta advertía en su análisis que la hiperpolarización que domina el debate público termina por destruir la esencia misma del sistema democrático: «La institucionalidad democrática está pensada para generar acuerdos en un contexto de desacuerdos, pero no está pensada para un antagonismo permanente. Ello desgasta continuamente la institucionalidad». Según la analista chilena, la polarización «erosiona la posibilidad y la capacidad de generar acuerdos básicos», lo que deja a cualquier administración expuesta a parálisis administrativas y bloqueos legislativos permanentes.
Este vacío de poder institucionalizado, añadía la politóloga, tiene consecuencias directas e inmediatas sobre la seguridad y el orden de una nación. «En sistemas altamente polarizados, generalmente la ausencia de un Estado fuerte, en el sentido weberiano de la capacidad de legitimidad, siempre abre el espacio a poderes fácticos, por ejemplo, economías ilegales, dinámicas de corrupción o de veto que paralizan la acción pública y la acción política». Un Estado puede poseer leyes, burocracia y cuerpos policiales, pero «sin confianza pública, obviamente carece de toda autoridad real».
A este diagnóstico se suma la mirada de Cristian Giambrone, profesor de filosofía de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Argentina) y creador del medio digital Pensar Liberado. Desde su perspectiva, aunque la hiperpolarización tiene raíces históricas, el nivel de toxicidad actual responde a nuevos mecanismos de control. «Lo realmente particular en el primer cuarto de nuestro siglo XXI son los instrumentos, las técnicas y métodos de polarización, sobre todo desde el advenimiento del reinado de los algoritmos, las redes sociales y la inteligencia artificial». Giambrone advierte que estas herramientas de microtargeting y Big Data manufacturan el consentimiento de la opinión pública capitalizando «indignación, enojo, rabia, revancha e ira» para favorecer proyectos políticos.
Al aterrizar este escenario a nivel continental, Bello Merino enfatizaba que la inestabilidad no se detiene en las fronteras y lanzaba una alerta para vecinos como Chile. «Hay ciertos fenómenos que se van trasladando entre países, porque somos países hermanos. Compartimos también una cultura común», explicaba, citando las turbulencias de Bolivia, que ha atravesado momentos con ciertos elementos parecidos a un estallido social. Para Bello, «las influencias de los países que te rodean también terminan permeando muchas veces tu propia casa». Cuando la cohesión social se debilita, emergen riesgos de «autoritarismos de nuevo siglo», siendo la primera alarma la intención de una autoridad de modificar la Constitución únicamente para prolongar su permanencia en el poder.
El «día después»: El choque de realidades tras el preconteo
El panorama dio un vuelco drástico tras el cierre de las mesas y la difusión de los datos oficiales de la Registraduría Nacional. El escrutinio preliminar materializó un profundo choque de voluntades y una fractura numérica matemática: casi 13 millones de electores respaldaron la línea continuista del progresismo, frente a la otra mitad del país que se volcó masivamente por la oposición de Abelardo exigiendo un cambio radical de rumbo.
Tras conocerse los resultados del preconteo que le otorgaron una ajustada ventaja en la segunda vuelta, Abelardo de la Espriella endureció drásticamente su discurso de victoria. Utilizando una retórica punitiva y de confrontación, advirtió a sus opositores que su sector defendería la democracia «por la razón o por la fuerza». Marcó una postura implacable frente a la protesta social, señalando de forma tajante que pondrá «la pata del tigre en el cuello» si las manifestaciones intentan desbordar las calles y desestabilizar las instituciones. En materia de orden público, De la Espriella fue enfático al declarar de manera directa como «objetivos militares» a los jefes de las principales estructuras guerrilleras y grupos armados del país, mencionando explícitamente a alias ‘Calarcá’ y alias ‘Iván Mordisco’.
La respuesta del progresismo no se hizo esperar, trasladando de inmediato la disputa política del asfalto al terreno estrictamente judicial. Iván Cepeda compareció públicamente en una rueda de prensa para anunciar que su campaña interpuso formalmente 57.189 reclamaciones y la impugnación de cerca de 33.000 mesas de votación en todo el territorio nacional. Cepeda fue categórico al declarar que los números del preconteo rápido carecen de vinculación legal definitiva para declarar un presidente electo y sentenció de forma desafiante: «A nosotros que no nos amenacen», prolongando la parálisis institucional y dejando el desenlace de los comicios suspendido en los tribunales.
Al reflexionar socialmente sobre este choque de 13 millones de votos continuistas frente a la opción radical de derecha, Giambrone identifica una dolorosa fractura de clases. El filósofo describe este escenario como una disputa entre el bloque de los oprimidos, que busca una «redistribución social justa», contra una «clase media arribista que quiere ser como la minoría oligárquica». Sobre la promesa de seguridad de la derecha, Giambrone es tajante y asegura que ese sector «vota en favor de la guerra y la mano dura, sabiendo que no son ellos quienes pondrán a sus hijos en el frente del conflicto, sino que enviarán a los pobres a matar a los pobres». Incluso, advierte sobre fuertes sospechas de «elecciones infladas y fraudulentas con el concurso de intereses, poderes y capitales extranjeros» para instaurar regímenes que faciliten el extractivismo neoliberal.
La lectura comunicacional y el espejo chileno
Para analizar este complejo escenario desde el «día después», Jorge Andrés Romero, periodista y jefe de prensa de la ex candidata por el distrito 10 y miembro UDI Maria Jesús Schwerter en Chile, aporta una mirada desde la comunicación política y la estrategia de las campañas modernas. Romero sostiene que los resultados preliminares en Colombia reflejan una tendencia continental de voto de castigo hacia las administraciones de izquierda que frustran las expectativas ciudadanas en materias críticas como la economía y la seguridad. «Hoy los países de Latinoamérica se están tiñendo de azul. Esto corresponde a que la ciudadanía no está encontrando las respuestas o más bien las soluciones a las problemáticas que tienen con un sector determinado que sea la izquierda. Y eso hace que sea un voto de cierta forma de castigo en parte».
Romero traza un paralelismo directo con el proceso electoral chileno que dio la victoria al presidente José Antonio Kast, asegurando que las nuevas derechas han sabido leer con precisión el ecosistema comunicacional actual. En el caso chileno, detalla que Kast instaló con éxito el clivaje de «continuidad versus cambio» frente a una candidatura del Partido Comunista —encabezada por la exministra Jeannette Jara— que cargaba con el desgaste del gobierno de Gabriel Boric, escándalos políticos como el ‘Caso Convenios’ y un alza en el desempleo femenino.
El equipo de la derecha chilena supo «vender bien» sus propuestas empaquetando sus planes de seguridad (como el Plan Canserbero o el Escudo Fronterizo) con estéticas atractivas similares a carteleras de cine, utilizando plataformas alternativas como las redes sociales y los podcasts para humanizar al candidato fuera del debate tradicional. «Yo creo que lo que pasó también en Colombia es que el presidente electo logró humanizarse a través de las redes sociales, los podcast y programas de televisión donde no ven la parte política, sino la parte humana, logrando conectar con el votante», añade Romero.
Reconfiguración geopolítica, el «espejo argentino» y el reto de la gobernabilidad
Al consolidarse el triunfo preliminar de Abelardo a la espera del escrutinio oficial, la reconfiguración del mapa político impactará de manera directa las relaciones internacionales y comerciales en el Cono Sur. Con un continente donde la derecha avanza en países como Argentina con Milei, El Salvador con Bukele y Chile con Kast, Romero prevé un panorama favorable para los intercambios económicos impulsado por la afinidad de su línea valórica. «A mi juicio, que el mapa esté teñido de azul en temas comerciales va a favorecer harto porque son políticos que tienen una misma línea. El trato va a ser más ameno y de amistad», asegura el analista chileno, apuntando a que el diálogo diplomático fluido facilitará las visitas y acuerdos estratégicos en la región.
Sin embargo, desde Buenos Aires, Cristian Giambrone mira el «espejo argentino» y proyecta un escenario diametralmente distinto y crítico en materia económica. Si el nuevo gobierno de De la Espriella aplica sus promesas sin filtros, «conduciría a consecuencias desastrosas similares a las de Milei: deuda externa récord con pérdida de soberanía económica y monetaria del país, desplome del poder adquisitivo nacional, brutal recesión económica y cierre de más de 22 mil empresas».
A pesar de este sombrío pronóstico, Giambrone identifica un factor que cambiará por completo el panorama político de Colombia en comparación con el cono sur. Mientras en Argentina la oposición se encuentra «en crisis, desorientada, llena de grietas y en franco derrumbe», el académico recalca que el nuevo mandatario colombiano enfrentará un muro sólido: «En Colombia, el pueblo tiene una estructura sólida… una oposición fuerte, vital, consolidada, en el mejor momento de su historia, con mayoría en el Congreso y una militancia capaz de copar las calles del país entero, democrática y pacíficamente».
La gobernabilidad interna será, sin duda, el verdadero examen de fuego para el próximo Ejecutivo. Al mirar las lecciones de los procesos parlamentarios chilenos, Romero explica que el presidente Kast cuenta con la ventaja estratégica de tener las presidencias de ambas cámaras alineadas con su sector —el diputado Jorge Alessandri (UDI) en la Cámara de Diputados y la senadora Paulina Núñez (RN) en el Senado—, lo que facilita el avance de la agenda gubernamental.
En contraste, el nuevo mandatario colombiano deberá lidiar con un legislativo de oposición adverso. Esta gobernabilidad requerirá una mixtura de intensa negociación política o el uso recurrente de decretos ejecutivos, recordando que «el presidente siempre va a gobernar por decreto» cuando las cámaras bloquean los proyectos de ley. Como bien concluía el análisis de María Elena Bello Merino antes de que se abrieran las urnas, sin un consenso mínimo, cualquier administración «siempre enfrentará bloqueos legislativos, parálisis administrativa y un clima social predispuesto continuamente a la protesta». La disputa por el poder en Colombia ya no se reduce a la contienda numérica de los votos; se ha trasladado a la resistencia de sus instituciones y a la urgencia de recomponer un pacto social fuertemente quebrado.