La gran mentira digital: Por qué el cierre de librerías en Santiago no es lo que te contaron

Fotografía por Catalina Harasic en calle San Diego, 2026.
Por: Catalina Harasic Caroca
Mira tu teléfono por un segundo. Probablemente pases horas deslizando el dedo sobre una pantalla fría, consumiendo ráfagas de videos e información que olvidarás en cinco minutos. Es fácil caer en la trampa de pensar que somos los culpables de la decadencia del papel. Nos han vendido la narrativa cómoda sobre que las pantallas ganaron, que los jóvenes ya no leen y que el romanticismo tradicional está muriendo por culpa de la inmediatez tecnológica.
Pero, ¿qué pasaría si te dijera que nos estamos equivocando de enemigo? Al cruzar la realidad de los libreros de la calle San Diego con las respuestas del corazón de la industria editorial, el panorama da un giro radical que te obligará a replanteártelo todo. El problema no es lo que leemos, sino dónde lo estamos haciendo.
Según un estudio del University College de Londres y la Universidad de Florida. Basada en la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en EE. UU, el hábito de leer por placer sufrió una caída del 40% en las últimas dos décadas. investigación revela que el porcentaje de personas que lee de forma recreativa diariamente se desplomó del 28% en 2004 a solo el 16% en 2023, alertando sobre el fuerte impacto de las redes sociales y el contenido digital en el consumo cultural actual.
San Diego: La resistencia herida del barrio
El punto de partida obligado para entender la nostalgia es la emblemática calle San Diego, históricamente el refugio dorado de los buscadores de tesoros literarios en Santiago. Ahí nos encontramos con Evelyn Rojas, una librera que lleva aproximadamente 30 años viendo cómo la capital se transforma a través de sus páginas.
Evelyn confesó con crudeza que el declive del sector dejó de ser una tendencia lenta para convertirse en un quiebre acelerado: «Desde la época del estallido social, como que el cambio fue más drástico. Y hoy en día hay muchos locales cerrados… Actualmente somos como 21 locales los que están funcionando«. De ser un hervidero de locales llenos de vida, el sector resiste a duras penas debido a una baja sostenida en las ventas y problemas de salud o familiares que han golpeado a los locatarios tradicionales.
Para los libreros independientes de San Diego, el peligro cotidiano se resume en dos frentes: la piratería feroz que inunda las ferias de barrio y un cambio profundo en el sistema educativo, donde las pantallas y los PDFs han ido desplazando las dinámicas escolares en papel. A primera vista, la conclusión parece obvia: el formato físico está en retirada. Pero la realidad es mucho más compleja.
El contraataque de la industria: El caso Contrapunto
El supuesto «tiro de gracia» al papel pareció materializarse con los rumores sobre el fin de la histórica Librería Contrapunto en la calle Huérfanos. Sin embargo, al consultar directamente a la empresa, las aclaraciones de Myriam Pereira, Jefa de Librerías Contrapunto, rompen por completo los mitos del mercado actual.
“El diagnóstico cambia por completo con los datos reales: no hay una muerte generalizada de las librerías. El cierre de Huérfanos es un caso excepcional y las otras diez sucursales de Contrapunto funcionan con total normalidad. Las ventas en papel no han caído, al contrario, el flujo de jóvenes que busca coleccionar libros físicos ha crecido exponencialmente. Rompiendo todo estereotipo, hoy el formato digital es más utilizado por mayores de 30 años para acceder a textos que no se distribuyen en el país”, exclamó Pereira.
Entonces, si los jóvenes compran más libros impresos que nunca y la venta de papel se mantiene firme, ¿por qué cierran las librerías del centro?
Aquí es donde la historia nos obliga a detenernos y mirar el trasfondo real. El cierre de la tienda en Huérfanos responde exclusivamente al drástico cambio en la afluencia de público en el casco histórico tras la pandemia y el estallido social. Es un fenómeno urbano, el mismo que ha provocado el repliegue de grandes tiendas de retail y la transformación del comercio en la zona.
No estamos asistiendo al fin del libro físico por culpa de una sociedad atrapada por los algoritmos. Al contrario, el libro de papel se ha convertido en un objeto de culto y resistencia para las nuevas generaciones.
El verdadero peligro que revela esta crisis es mucho más profundo: estamos perdiendo el espacio público. Lo que está muriendo no es el hábito de leer, sino el corazón de nuestra ciudad como punto de encuentro cultural. Cuando un barrio como San Diego se apaga o una librería emblemática se retira de Huérfanos, no es porque internet haya vencido a la tinta. Es porque la inseguridad, el abandono y la transformación urbana están vaciando las calles donde antes solíamos convivir. La próxima vez que veas una librería cerrar, no culpes a la tecnología ni te lamentes por «la falta de cultura» de los jóvenes. Pregúntate, más bien, qué estamos haciendo con nuestras ciudades y qué quedará de nuestra identidad cuando el último bastión cultural del centro se vea obligado a mudarse a un centro comercial.