Cine a dos velocidades: entre el espectáculo global y la reinvención del cine chileno

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Cine a dos velocidades: entre el espectáculo global y la reinvención del cine chileno

La asistencia a las salas de cine en Chile atraviesa una profunda reconfiguración impulsada por los nuevos hábitos de consumo audiovisual. Mientras las grandes producciones internacionales logran convocatorias masivas solo en estrenos puntuales o promociones frente a la comodidad del streaming y los altos costos, una nueva ola de cine chileno comienza a abrirse paso en la taquilla atrayendo al público a través de narrativas descentralizadas y más cercanas a la realidad de la clase media.

Imagen: Osvaldo Gonzales

Por: Osvaldo Gonzales

En un contexto marcado por cambios en los hábitos de consumo cultural, la asistencia a salas de cine en Chile evidencia una transformación que va más allá de una simple baja o alza de público. El fenómeno se configura bajo una lógica dual: mientras las grandes producciones internacionales continúan convocando audiencias masivas en momentos específicos, el cine chileno intenta abrirse paso desde nuevas narrativas, conectando con públicos de manera más selectiva y sostenida.

Constanza Vera observa que la concurrencia se activa principalmente en torno a eventos puntuales. “Para el Día del Cine se llevó a más de 500 mil personas a las salas, aunque eso puede estar influenciado por las promociones que tienen las cadenas”, señala, destacando que ciertas instancias logran reactivar el interés colectivo. A esto se suman estrenos de alto impacto que generan cifras significativas en cortos periodos. “La película biográfica de Michael Jackson alcanzó un récord de más de 120 mil personas en su primer fin de semana”, agrega, evidenciando el poder de convocatoria del cine comercial.

Sin embargo, este comportamiento responde a una lógica más selectiva que la habitual. “Se asume que la gente va al cine a ver lo que quiere ver y que otras propuestas audiovisuales simplemente no son de su interés”, afirma Vera, apuntando a una segmentación del consumo. En este escenario, las plataformas digitales han adquirido un rol determinante. “Es innegable la influencia de las cadenas de streaming, porque la experiencia es mucho más cómoda y no sales de tu casa”, explica, subrayando que el acceso inmediato y el menor costo han modificado las preferencias del público.

A los factores tecnológicos se suman elementos económicos y experienciales que inciden en la decisión de asistir a una sala. “El alto valor de la comida dentro del cine ha influenciado a que la gente se vaya”, comenta Vera, junto con advertir un deterioro en las condiciones de exhibición. “Mucha gente habla durante la película, usa el celular o grita, entonces la experiencia no está siendo tan grata”, sostiene, lo que refuerza la elección de consumir contenido desde el hogar. Pese a ello, descarta una crisis en términos de calidad. “No siento que el cine haya bajado en su calidad, hemos visto buenas películas en los últimos años”, afirma, aunque reconoce una cierta repetición en las estructuras narrativas actuales.

En paralelo a este panorama global, el cine chileno transita por un camino distinto, marcado por la búsqueda de nuevas formas de conexión con la audiencia. El periodista y crítico Ernesto Garratt identifica una transformación en curso dentro de la producción nacional. “Yo creo que sí, pasa algo con Denominación de origen, pasa algo con La misteriosa mirada del flamenco, pasa algo con La mutante de Constanza Tejo… Hay una nueva movida del cine chileno que se está haciendo desde los márgenes, desde una descentralización no solo física, sino también socioeconómica”, plantea, destacando el surgimiento de propuestas alejadas de los circuitos tradicionales.

Este cambio no solo responde a una diversificación territorial, sino también temática. Según Garratt, existe una mayor cercanía con la realidad cotidiana de amplios sectores sociales. “Con directores que están hablando temas con una mejor conectividad con el Chile más clase media. Y eso se nota, porque muchas de estas películas han sido muy bien recibidas en la taquilla”, explica. En ese sentido, el cine nacional estaría logrando un diálogo más efectivo con su público, alejándose de enfoques que históricamente limitaron su alcance.

El crítico también aborda los prejuicios que han marcado la percepción del cine chileno. “Existe la idea de que solo aborda la dictadura, pero cuando se sale de ahí y se hablan de otras cosas, resulta muy valioso ver la recepción del público”, sostiene, enfatizando la importancia de diversificar los relatos. A su juicio, explorar nuevas temáticas y sensibilidades podría fortalecer la presencia de estas producciones en cartelera y ampliar su impacto.

No obstante, las dificultades estructurales continúan siendo un desafío relevante. “La precariedad económica que involucra hacer una campaña de marketing por parte de equipos nacionales influye sin duda”, advierte Garratt, aludiendo a las limitaciones en difusión y financiamiento que enfrentan las producciones locales. Aun así, destaca que ciertos títulos han logrado mantenerse en exhibición pese a las condiciones adversas. “Es interesante que Matapanki o La misteriosa mirada del flamenco sigan en cartelera, pese a lo inhóspito que es el espacio para el cine chileno”, afirma, evidenciando una resistencia que se apoya en la conexión con las audiencias.

En perspectiva, el escenario actual no responde a una crisis homogénea, sino a una reconfiguración del consumo cinematográfico. Mientras el cine global mantiene su capacidad de convocatoria a través de eventos masivos impulsados por estrategias comerciales y fenómenos culturales, el cine chileno avanza en la construcción de una identidad más cercana y diversa, buscando establecer vínculos más profundos con el público. En ese contexto, el desafío para la industria no solo radica en atraer espectadores, sino también en comprender las nuevas formas de relación entre las audiencias y el cine, en un entorno donde la experiencia cinematográfica se ha vuelto cada vez más múltiple y cambiante.

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